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Teherán 1976: los cazas F-4 que se quedaron sin sistemas ante un OVNI

La madrugada del 19 de septiembre de 1976, dos F-4 Phantom iraníes interceptaron un objeto luminoso sobre Teherán: instrumentos apagados, un misil que no respondió y un informe de la DIA que calificó el caso de excepcional. Medio siglo después, sigue siendo uno de los expedientes mejor documentados.
Infografía nocturna del caso Teherán 1976: dos F-4 Phantom iraníes junto a un objeto luminoso sobre la ciudad, con cronología, radar y el informe desclasificado de la DIA.

La madrugada del 19 de septiembre de 1976, dos cazas F-4 Phantom de la Fuerza Aérea Imperial iraní despegaron para interceptar un objeto luminoso sobre Teherán. El primero perdió instrumentos y comunicaciones al aproximarse y tuvo que regresar. El segundo consiguió enganche de radar, intentó disparar un misil y descubrió que su sistema de armas no respondía. Cinco días después, la Agencia de Inteligencia de Defensa estadounidense redactó un informe de cuatro páginas sobre el episodio que, décadas más tarde, se convertiría en uno de los documentos militares más citados de la historia del fenómeno.

Por qué este caso es distinto

La mayoría de los expedientes célebres dependen del testimonio de testigos. El de Teherán tiene testigos —pilotos militares con formación de combate—, pero además tiene algo que casi ningún otro caso ofrece: un documento de inteligencia contemporáneo, redactado por analistas profesionales, distribuido a los máximos niveles del Gobierno estadounidense, y desclasificado íntegro.

El documento existe, se puede leer, y no fue escrito para convencer a nadie. Fue escrito para informar a la Casa Blanca, al Departamento de Estado, a la Agencia de Seguridad Nacional y a la CIA de un incidente ocurrido en el espacio aéreo de un aliado estratégico. Esa función —informar internamente, no persuadir públicamente— es lo que le da su valor documental.

La madrugada del 19 de septiembre de 1976

Alrededor de las 00:30, el puesto de mando de la Fuerza Aérea Imperial iraní en Teherán recibió cuatro llamadas independientes de civiles del barrio de Shemiran que reportaban un objeto extraño y muy luminoso en el cielo. El oficial de guardia, tras descartar tráfico conocido, salió a comprobarlo personalmente y observó una luz que no supo identificar.

Se ordenó el despegue de un F-4 Phantom II desde la base aérea de Shahrokhi. El aparato se aproximó al objeto y, según el informe, cuando estaba a unos 40 kilómetros perdió sucesivamente instrumentos de navegación y comunicaciones —tanto UHF como intercomunicación—, recuperándolos al alejarse. El piloto abortó y regresó a la base.

Un segundo F-4 despegó a continuación, pilotado por el mayor Parviz Jafari, comandante de escuadrón, con el teniente Jalal Damirian como oficial de sistemas de armas. Este segundo aparato consiguió enganche de radar sobre el objetivo a unos 43 kilómetros de distancia. El tamaño estimado a partir del retorno de radar era comparable al de un avión cisterna KC-135, es decir, muy grande.

El intento de disparo

Al aproximarse, la tripulación describió un objeto que emitía destellos intensos de color rojo, verde, naranja y azul, en una secuencia tan brillante que impedía distinguir la estructura que había detrás.

Según el informe, en un momento del encuentro se desprendió del objeto principal un objeto menor que se dirigió hacia el caza. Jafari decidió disparar un misil AIM-9 Sidewinder. Al intentar hacerlo, su panel de control de armas quedó inoperativo y perdió simultáneamente las comunicaciones UHF e interfono. El piloto ejecutó una maniobra evasiva de picado.

El informe describe después que el objeto menor regresó a la aeronave principal, y que un segundo objeto se desprendió y descendió hacia el suelo a gran velocidad, produciendo una intensa luminosidad al llegar a tierra. La tripulación marcó la posición y, ya de día, sobrevoló la zona: encontró únicamente una casa de campo y no observó cráter, incendio ni resto alguno.

Un detalle técnico que suele pasarse por alto: durante el regreso, al pasar cerca de la vertical de un punto determinado, la tripulación volvió a experimentar interferencias. El informe registra estos hechos sin ofrecer una explicación.

El documento de la DIA

El 24 de septiembre de 1976, cinco días después, la Agencia de Inteligencia de Defensa produjo un informe de cuatro páginas basado en los interrogatorios al personal de la Fuerza Aérea iraní y a los operadores de radar del aeropuerto de Mehrabad.

Lo notable del documento no es que narre el suceso, sino cómo lo valora. Incluye una evaluación de fiabilidad que califica el informe como un caso excepcional, señalando que reúne varios criterios que rara vez concurren: credibilidad de los testigos por su cualificación, observación visual desde múltiples puntos, contacto de radar desde el aire y desde tierra, y efectos electromagnéticos sobre equipos de tres aeronaves distintas.

Ese párrafo evaluativo es lo que ha convertido el documento en una referencia obligada. Un analista de inteligencia, escribiendo para consumo interno del Gobierno de Estados Unidos, dejó constancia de que el caso tenía características que no encajaban con las explicaciones habituales.

Qué dijo después el piloto

Parviz Jafari continuó su carrera militar y llegó a general de la Fuerza Aérea iraní antes de retirarse y establecerse en Estados Unidos. En noviembre de 2007 participó en una conferencia de pilotos y militares de distintos países celebrada en el National Press Club de Washington, donde relató el encuentro públicamente y con detalle.

Su testimonio coincide en lo esencial con el documento de 1976, lo cual es en sí mismo un dato: treinta y un años después, un testigo cualificado mantiene una narración compatible con un informe que en su momento no podía consultar.

Jafari ha sido, además, cuidadoso en sus declaraciones. Nunca afirmó saber qué era el objeto. Su posición pública ha sido siempre que vio y midió algo que no pudo identificar, y que los sistemas de su aparato fallaron de un modo que no supo explicar.

Las explicaciones alternativas

La hipótesis escéptica más elaborada apunta a una combinación de fenómenos: la observación inicial correspondería a un cuerpo celeste muy brillante —Júpiter estaba especialmente destacado aquellas noches— y los fallos de instrumentos serían averías coincidentes, agravadas por el estado de mantenimiento de la flota iraní y por el estrés de la tripulación en una intercepción nocturna.

Analistas escépticos han señalado también que los F-4 iraníes tenían un historial documentado de problemas eléctricos, y que las descripciones de destellos multicolores son características de la observación de estrellas brillantes a través de capas atmosféricas con turbulencia, un efecto conocido y bien estudiado.

La objeción a esa explicación es que exige que varios fallos independientes ocurrieran en dos aeronaves distintas, en la misma noche, correlacionados con la distancia al objetivo, y con enganche de radar aire-aire y detección desde tierra. Cada elemento por separado es plausible; el conjunto, mucho menos.

Lo honesto es reconocer que ninguna de las dos posiciones puede cerrarse con los datos disponibles. Lo que sí puede afirmarse es que el episodio ocurrió, que los sistemas fallaron y que el Gobierno estadounidense lo consideró suficientemente serio como para documentarlo con detalle.

El contexto geopolítico que casi nadie menciona

El Irán de 1976 era el aliado más importante de Estados Unidos en la región, equipado con material estadounidense de primera línea y en pleno programa de modernización militar. La atención de Washington a cualquier incidente en su espacio aéreo era, por tanto, máxima.

Esto explica la rapidez y el detalle del informe, pero también introduce una consideración prudente: un contexto de alta tensión con la Unión Soviética hace plausible que parte de lo observado guardara relación con actividad militar clasificada de alguna de las potencias implicadas. Ningún documento desclasificado ha respaldado hasta hoy esa posibilidad, pero tampoco la excluye.

Cómo llegó el documento al dominio público

El informe de la DIA no se filtró: se desclasificó por el procedimiento ordinario. Investigadores estadounidenses lo solicitaron mediante la Ley de Libertad de Información en los años setenta y ochenta, y el documento se entregó con supresiones mínimas.

Esa trazabilidad es lo que distingue este expediente de la mayoría del material que circula en el ámbito ufológico. No depende de un intermediario que asegura haber visto papeles, ni de una copia sin procedencia: existe una solicitud, una respuesta institucional y un documento con membrete, fecha y lista de distribución.

La lista de distribución es, de hecho, uno de los detalles más elocuentes del expediente. Un informe sobre luces en el cielo que se remite simultáneamente a la Casa Blanca, al Departamento de Estado, a la Agencia de Seguridad Nacional y a la CIA no es un trámite rutinario: indica que alguien, en la cadena, consideró el asunto digno de atención al máximo nivel.

El estado de la aviación iraní en 1976

Para valorar el caso conviene situar la capacidad técnica de los protagonistas, porque de ella depende buena parte del peso del testimonio.

La Fuerza Aérea Imperial iraní era, en 1976, una de las mejor equipadas fuera de la OTAN. Operaba F-4 Phantom II modernos, estaba a punto de recibir los primeros F-14 Tomcat —Irán fue el único cliente extranjero de ese aparato— y su personal se formaba con instructores estadounidenses bajo estándares equivalentes a los de la propia USAF.

Los pilotos implicados no eran, por tanto, operadores de una fuerza aérea improvisada. Jafari era comandante de escuadrón, con el entrenamiento y las horas de vuelo que ese puesto exige, y su oficial de sistemas de armas estaba cualificado para operar el radar de intercepción del Phantom.

Esto no convierte su testimonio en infalible —ningún testigo lo es, y la percepción nocturna engaña también a los profesionales—, pero descarta la explicación fácil de la inexperiencia. Cuando una tripulación así informa de un enganche de radar y de una serie de fallos correlacionados de sistemas, la afirmación tiene un peso técnico que no puede ignorarse sin argumentos.

Un caso que envejece bien

Cincuenta años después, el expediente de Teherán conserva su fuerza precisamente porque es sobrio. No hay abducciones, ni criaturas, ni restos recuperados, ni testigos que hayan construido una carrera sobre el suceso. Hay dos cazas, unos instrumentos que fallaron, un radar que enganchó algo grande y un informe de inteligencia que lo consideró excepcional.

En un campo saturado de afirmaciones extraordinarias sin respaldo, un documento de cuatro páginas escrito por analistas profesionales para uso interno del Gobierno sigue siendo, sencillamente, el mejor tipo de evidencia disponible. No responde a la pregunta de qué había en el cielo de Teherán aquella madrugada. Establece, con firma y fecha, que la pregunta era legítima.