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USS Russell 2019: las pirámides eran la lente, el enjambre sigue sin explicación

Entre el 14 y el 30 de julio de 2019, enjambres de drones no identificados sobrevolaron buques de la Armada de EE.UU. frente a las islas del Canal. La forma piramidal del vídeo del USS Russell era un artefacto del visor nocturno. Quién operaba los drones y desde dónde sigue sin saberse.
Infografía del caso USS Russell 2019: destructor de la Armada de noche en el mar, diagrama del diafragma triangular del visor nocturno, cronología y ocho bloques con los hechos documentados.

En la noche del 15 de julio de 2019, un equipo de fotografía de inteligencia del destructor USS Russell grabó con equipo de visión nocturna varias luces triangulares suspendidas a unos 200 metros sobre el buque. Cuando el vídeo se filtró casi dos años después, medio mundo vio pirámides volando sobre la Armada estadounidense.

No eran pirámides. La forma triangular la ponía el propio aparato con el que se grabó, y eso está explicado y documentado. Lo que sigue sin explicación es todo lo demás: quién manejaba aquellos objetos, desde dónde, y por qué estuvieron más de dos semanas entrando y saliendo de una de las zonas de entrenamiento naval más vigiladas de Estados Unidos sin que nadie lograra identificarlos.

Este artículo separa las dos cosas, porque el caso se ha contado casi siempre mezclándolas.

Catorce noches frente a las islas del Canal

Lo que se conoce del episodio no sale de filtraciones anónimas, sino de los diarios de navegación de los buques y de la correspondencia interna de la Armada, liberados por peticiones al amparo de la Ley de Libertad de Información (FOIA). Esa es la diferencia entre este caso y la mayoría: aquí hay papeles con fecha.

La primera anotación es del 14 de julio de 2019. Hacia las diez de la noche, marineros del USS Kidd, un destructor de la clase Arleigh Burke, avistaron dos objetos no identificados en las inmediaciones del buque, cerca de la isla de San Clemente. Minutos después, el USS Rafael Peralta confirmó que había más. Los buques activaron el protocolo «River City», un cierre de comunicaciones destinado a reducir al mínimo las emisiones electrónicas del grupo.

A las 23:23, el diario del Rafael Peralta registra el dato que convierte el episodio en algo más que un avistamiento curioso: una luz blanca inmóvil sobre la cubierta de vuelo, mientras el destructor navegaba a 16 nudos y la visibilidad era inferior a una milla náutica. Mantener la posición sobre un buque en movimiento, de noche y con mala visibilidad, no está al alcance de un aparato de consumo.

El encuentro se prolongó más de noventa minutos. Un crucero de pasajeros que pasaba por la zona, el Carnival Imagination, contactó por radio con el Rafael Peralta para informar de que ellos también veían entre cinco y seis objetos no identificados, y para dejar claro que no salían de su barco.

El vídeo del Russell

La grabación más famosa llegó la noche siguiente. El equipo SNOOPIE del USS Russell —siglas de Ship Nautical Or Otherwise Photographic Interpretation and Exploitation, marineros entrenados específicamente en interpretación fotográfica— filmó con visión nocturna varias luces triangulares que se mantenían sobre el destructor a unos 700 pies de altura, parpadeando en secuencias de rojo, verde y blanco.

La narración de uno de los encuentros, recogida en el material liberado, es deliberadamente seca:

«Tenemos contacto visual de cuatro probables drones no identificados, con rumbo desconocido y velocidad desconocida. Los contactos operan a mil yardas de distancia, y se mantienen. Números de cola desconocidos.»

Esa última frase —números de cola desconocidos— resume el problema entero. Un aparato aéreo identificable lleva matrícula. Estos no.

Hasta el 30 de julio

No fueron dos noches sueltas. Los documentos del Pentágono liberados por FOIA muestran actividad en varias fechas de julio y sobre al menos seis buques: además del Russell, el Kidd y el Rafael Peralta, aparecen el USS Paul Hamilton, el USS Bunker Hill, el USS Ralph Johnson.

  • 17 de julio: el Paul Hamilton ejecutó un viraje brusco a estribor después de que varios objetos pasaran junto al buque.
  • El radar del Bunker Hill siguió contactos que ascendieron hasta los 21.000 pies de altitud.
  • El Ralph Johnson anotó hasta diez avistamientos visuales adicionales a lo largo de varias horas.
  • 30 de julio: el Russell volvió a encontrarse con cinco objetos desconocidos de madrugada, y activó su sistema DRAKE, un inhibidor portátil de radiofrecuencia diseñado para cortar la señal de control de un dron.

Las pirámides eran la lente

Cuando el cineasta Jeremy Corbell difundió el vídeo del Russell en abril de 2021, la forma triangular disparó la interpretación más llamativa: naves piramidales, tecnología no humana. Fue la imagen que dio la vuelta al mundo.

La explicación llegó en mayo de 2022, en una comparecencia ante el Congreso. El subdirector de Inteligencia Naval, Scott Bray, lo formuló así: «La apariencia triangular es resultado de la luz al pasar por las gafas de visión nocturna y ser grabada después con una cámara réflex».

La física es sencilla y verificable por cualquiera con una cámara. Los visores de visión nocturna tienen un diafragma —la abertura por la que entra la luz— y algunos lo tienen triangular o hexagonal. Cuando se fotografía a través de esa abertura, un punto de luz desenfocado no aparece como un punto: adopta la forma geométrica del diafragma. Es el mismo efecto que redondea o poligonaliza las luces de fondo en cualquier fotografía nocturna, y tiene nombre propio en fotografía: bokeh.

El investigador escéptico Mick West había llegado a la misma conclusión por su cuenta pocos días después de la filtración, y aportó el argumento que la cierra: en el mismo vídeo, otras luces del fondo también se ven triangulares. Si los objetos fueran realmente piramidales, no habría razón para que las luces lejanas lo fueran también. Si el triángulo lo pone el diafragma, todas tienen que salir iguales. Y salen iguales.

Conviene decirlo sin rodeos, porque en español el caso se ha divulgado casi siempre por la imagen y casi nunca por la corrección: la parte espectacular del expediente está resuelta, y la respuesta es aburrida. Eso no cierra el caso. Solo cierra el titular.

Qué dicen los documentos: drones, sí; de quién, no

La reacción de la Armada fue inmediata. En cuestión de días intervinieron el Servicio de Investigación Criminal de la Armada (NCIS), la oficina del FBI en Los Ángeles y el Servicio de Guardacostas. El jefe de Operaciones Navales, el almirante Michael Gilday, fue informado el 18 de julio. Poco después, la investigación quedó clasificada, y con ella se cortó el flujo de información pública.

Lo que el Pentágono confirmó más tarde es que los investigadores concluyeron que los objetos eran sistemas aéreos no tripulados —drones—, por comparación con otro episodio similar ocurrido en la costa este. Pero, y aquí está la distinción que casi siempre se pierde en el resumen: identificaron el qué, no el quién. La Armada determinó la naturaleza de los objetos; no llegó a saber quién los lanzaba ni por qué.

Los sospechosos que no cuadraron

La investigación siguió dos pistas concretas y las dos se cayeron:

El MV Bass Strait, un granelero con bandera de Hong Kong que estuvo en la zona durante parte de los incidentes. Las diapositivas internas de la Armada llegaron a evaluar que el buque «probablemente estaba usando UAV para vigilar a las fuerzas navales estadounidenses». El análisis posterior desmontó la hipótesis: durante parte de la actividad el barco estaba atracado en Long Beach, a unos 160 kilómetros.

El ORV Alguita, un catamarán de investigación que sí llevaba drones a bordo. Pero eran DJI Phantom IV: cuadricópteros comerciales con una autonomía máxima de 28 minutos y un alcance de pocos kilómetros. No sirven para explicar lo observado, ni de lejos.

También se descartó que fueran operaciones propias: la consulta a la instalación de control aéreo de la flota en San Diego confirmó que no había vuelos de UAV programados en esas fechas.

Este es el núcleo técnico del caso, y es donde el expediente se vuelve incómodo. Reconstruyendo las posiciones de los buques a partir de los diarios de navegación y de los datos del sistema de identificación automática (AIS), el medio especializado The War Zone calculó que los objetos recorrieron al menos 100 millas náuticas durante las operaciones.

A eso hay que sumar lo que registran los propios documentos:

  • Mantenimiento de posición sobre buques que navegaban a 16 nudos, con visibilidad inferior a una milla.
  • Contactos de radar ascendiendo a 21.000 pies.
  • Enjambres coordinados de entre cuatro y once unidades simultáneas.
  • Permanencia en el aire durante horas, en algunos casos con luces de posición encendidas.

Especialistas del sector de defensa consultados por periodistas señalaron el problema energético: la batería de un cuadricóptero estándar dura alrededor de una hora en condiciones ideales, y volar a gran altitud con estroboscopios encendidos multiplica el consumo. Aquellos objetos estuvieron arriba mucho más tiempo.

Hecho documentado: las prestaciones observadas superan las de la tecnología comercial conocida en 2019. Lo que no se sigue de ahí: que la explicación tenga que ser extraordinaria. Un programa militar no declarado, propio o ajeno, encaja igual de bien con esos números. La diferencia es que nadie lo ha demostrado tampoco.

La respuesta militar: no fue un simulacro

La escala de la reacción dice bastante sobre cómo se tomó el asunto a bordo. A lo largo de julio, los buques desplegaron equipos SNOOPIE en varias noches; el 23 y el 30 activaron los inhibidores DRAKE, fabricados por Northrop Grumman; y el Russell desplegó además equipos SCAT (Small Craft Action Teams), habitualmente destinados a repeler ataques de embarcaciones rápidas.

El 20 de julio, el USS Russell llegó a disparar cinco proyectiles contra los objetos en un ejercicio antidrón, con al menos un fallo de disparo documentado.

Un buque de guerra no despliega equipos antiabordaje ni abre fuego contra algo que considera una molestia menor. La Armada trató la incursión como una amenaza de seguridad.

«Resuelto»: qué significa exactamente esa palabra

En mayo de 2022, Bray presentó el episodio ante el Congreso como uno de los pocos casos de fenómenos aéreos no identificados que el Gobierno considera resueltos. La Armada, dijo, estaba «razonablemente segura» de que eran drones.

El almirante Gilday, preguntado en 2021, había sido igual de claro en las dos direcciones: la Armada no pudo identificar los drones, pero descartó un origen extraterrestre.

Merece la pena detenerse en la palabra. El caso se declara resuelto porque se ha determinado la naturaleza de los objetos. Siguen sin conocerse el operador, el punto de lanzamiento, la misión y el propósito. Es una resolución que responde a la pregunta técnica y deja intacta la pregunta de seguridad: unos aparatos no identificados operaron durante semanas, con aparente impunidad, sobre las instalaciones de entrenamiento naval más sensibles de la costa oeste —incluida San Clemente, donde se entrena a los SEAL y se hacen ejercicios de fuego real— y nadie sabe de quién eran.

La versión que no cuadra con la oficial

Corbell sostiene que ha hablado con decenas de marineros, entre ellos uno del Russell, que describieron objetos capaces de «acelerar instantáneamente hacia la alta atmósfera». Afirma que las tripulaciones anotaron «drones» por los protocolos de evaluación rápida y por las categorías limitadas disponibles en ese momento, no porque estuvieran convencidas. Un miembro en activo de la Armada implicado en los informes le dijo que la etiqueta «visto en retrospectiva, era inexacta».

Esto es testimonio, no documento. Va aquí porque forma parte del expediente público y porque las fuentes están identificadas por quien las recoge, pero no tiene el mismo peso que un diario de navegación: son declaraciones de segunda mano, recogidas por una parte interesada en la interpretación extraordinaria. Frente a ellas, las diapositivas internas de la Armada siguen clasificando los objetos como «UAS tipo cuadricóptero».

El lector puede decidir cuánto peso le da a cada cosa. Lo que no puede hacerse es presentar la segunda como equivalente a la primera.

La esfera del USS Omaha, y por qué va aparte

Del mismo mes de julio de 2019 salió, también por FOIA, un material distinto que conviene no mezclar con el enjambre del Russell, aunque casi siempre se cuenten juntos.

El USS Omaha, un buque de combate litoral, grabó en infrarrojos un objeto esférico que descendió y entró en el agua sin que se apreciara destrucción alguna. Se envió un submarino a buscar restos y no se encontró nada.

Corbell y las fuentes navales que dice haber entrevistado presentan esa secuencia como prueba de tecnología transmedio: aparatos capaces de operar en el aire y bajo el agua. Es la afirmación más fuerte de todo el expediente, y por eso merece el trato más estricto.

Lo que muestra el vídeo es un objeto que baja y desaparece en el punto donde está la superficie del mar. Que entre intacto, que se hunda roto, que sea un objeto cayendo al agua sin más, o que la resolución del infrarrojo simplemente no dé para distinguirlo, son cuatro lecturas compatibles con la misma grabación. La ausencia de restos tampoco decide nada: el océano en esa zona es profundo y una búsqueda submarina fallida es un resultado corriente.

Lo documentado es que existe la grabación y que la búsqueda no encontró nada. Lo demás es interpretación, y ninguna de las disponibles está probada. Va en este artículo porque forma parte del mismo bloque de material liberado; va en su propia sección porque el Omaha no es el Russell, y tratar un caso como continuación del otro es exactamente el mecanismo por el que un expediente con papeles acaba convertido en una historia sin ellos.

Por qué este caso se conoce y otros no

Merece la pena señalar algo que suele pasar desapercibido: si sabemos todo esto no es por una filtración, sino por un procedimiento administrativo. Los diarios de navegación, las diapositivas de las sesiones informativas y los correos internos salieron a la luz porque periodistas e investigadores presentaron solicitudes al amparo de la Ley de Libertad de Información y las pelearon durante meses.

El vídeo filtrado fue lo que hizo el ruido, pero el vídeo por sí solo no permite comprobar nada: es un plano corto, sin metadatos accesibles, con unas luces que resultaron ser un artefacto óptico. Lo que permite reconstruir el episodio con fechas, buques, horas y altitudes es el papeleo aburrido que vino después.

Es una diferencia que este blog considera central. Un caso es sólido cuando el lector puede seguir la cadena de custodia de cada afirmación hasta un documento con origen y fecha. En el episodio de las islas del Canal esa cadena existe para casi todo lo importante, y por eso se puede afirmar con seguridad tanto lo que ocurrió como lo que no.

El contexto que sí ha envejecido bien

Si algo ha cambiado desde 2019 es el marco. Entre 2019 y 2022, la firma de ciberseguridad DroneSec registró alrededor de 151 incidentes de enjambre en todo el mundo. Una auditoría del Departamento de Justicia de 2020 documentó un caso en el que se emplearon quince drones simultáneos para saturar las defensas de una prisión. El general de los Marines Kenneth McKenzie Jr. llegó a describir los enjambres de drones como «el desarrollo táctico más preocupante desde la aparición de los artefactos explosivos improvisados en Irak».

China y Rusia han invertido de forma intensiva en capacidades de enjambre pensadas específicamente para entornos marítimos. Visto desde ahí, lo de julio de 2019 deja de parecer una anécdota de ovnis y empieza a parecer un ensayo.

Lo que queda sin explicar

Los destructores de la clase Arleigh Burke llevan algunos de los sensores más capaces del planeta: radar AN/SPY-1B, sistema de combate AEGIS, infrarrojos de barrido frontal, equipos de vigilancia electrónica y conjuntos de sonar capaces de detectar perturbaciones mínimas bajo el agua. Media docena de esos buques, coordinados, no lograron establecer de dónde salía aquello.

Los correos liberados por FOIA muestran que el 25 de julio de 2019 los investigadores seguían pidiendo información, con referencias a una «sesión informativa clasificada sobre drones» cuyos detalles se denegaron por clasificación.

Quedan sobre la mesa cuatro preguntas que ningún documento público responde:

  • ¿Quién operaba los aparatos?
  • ¿Desde dónde se lanzaron y a dónde volvían?
  • ¿Cuál era la misión?
  • ¿Por qué se hizo de forma tan abierta y persistente, durante semanas, en espacio aéreo militar restringido?

La respuesta a las cuatro está, probablemente, en el expediente clasificado de la investigación. Hasta que se desclasifique, lo honesto es decir lo que hay: sabemos qué no eran —ni pirámides, ni naves de otro mundo— y seguimos sin saber qué eran ni de quién. El caso está catalogado como resuelto. La brecha de seguridad, no.